Amplificar una guitarra flamenca no consiste simplemente en hacer que suene más fuerte.
Ese es, probablemente, el primer error que conviene evitar.
Una buena guitarra flamenca posee una enorme cantidad de información acústica: el ataque inmediato de la cuerda, la respuesta de la tapa, el golpe, el roce de los dedos, la diferencia entre bordones y primas y, sobre todo, una dinámica que puede cambiar en una fracción de segundo.
Cuando esa guitarra llega a un escenario, el reto consiste en llevar todo eso hasta el público sin transformar el instrumento por el camino.
El sonido acústico como referencia
Antes de colocar un micrófono, conectar una pastilla o tocar un ecualizador, existe una referencia que debería permanecer siempre presente: cómo suena realmente la guitarra a pocos metros del intérprete.
La amplificación debería partir de ahí.
Una guitarra flamenca no necesita necesariamente más graves, más brillo o más volumen. Necesita conservar su identidad.
Esto resulta especialmente importante en un instrumento cuya respuesta es muy rápida. El sonido aparece, se desarrolla y desaparece con enorme velocidad. Si el sistema de amplificación comprime demasiado esa respuesta o exagera determinadas frecuencias, puede obtenerse un sonido espectacular en términos de potencia pero muy alejado del carácter real de la guitarra.
No existe una única forma de amplificarla
En un escenario pueden utilizarse diferentes sistemas: micrófonos exteriores, micrófonos de contacto o de pinza, pastillas instaladas en el instrumento, sistemas internos o combinaciones de varios de ellos.
Cada solución tiene ventajas y compromisos.
Un micrófono puede ofrecer una sensación muy natural, pero también recoger otros instrumentos del escenario y aumentar el riesgo de realimentación.
Una pastilla permite normalmente trabajar con mayores niveles de presión sonora y proporciona más aislamiento, aunque su señal puede necesitar un tratamiento cuidadoso para recuperar parte de la profundidad acústica de la guitarra.
Los sistemas colocados muy cerca del instrumento ofrecen otra posibilidad interesante: mantener buena parte del carácter acústico reduciendo al mismo tiempo algunos de los problemas que aparecen con un micrófono situado a mayor distancia.
Pero incluso utilizando un excelente sistema de captación, la posición sigue siendo decisiva.
Mover un micrófono apenas unos centímetros puede cambiar de forma considerable la proporción entre cuerpo, ataque, bordones y sonido de la tapa.

El lugar donde se capta la guitarra
Uno de los errores habituales consiste en buscar un único punto teóricamente perfecto.
En realidad, cada guitarra responde de manera diferente.
Acercarse demasiado a la boca puede producir una acumulación de graves que no representa lo que escucha una persona situada delante del instrumento. Alejarse excesivamente puede introducir demasiado ambiente y hacer más difícil trabajar con monitores y otros músicos sobre el escenario.
La zona comprendida entre la boca, el puente y el nacimiento del mástil ofrece distintas combinaciones de ataque y cuerpo. Encontrar el equilibrio depende de la guitarra, del intérprete, del sistema utilizado y también del espacio en el que se está tocando.
Por eso una colocación que funciona magníficamente en un teatro puede necesitar modificaciones importantes en un festival al aire libre.
La mano derecha también forma parte del sonido
En flamenco, amplificar exclusivamente la resonancia de la caja puede ser insuficiente.
La mano derecha produce una parte fundamental del lenguaje del instrumento: pulgar, picado, arpegios, rasgueos, alzapúa, golpes y numerosos matices de articulación.
Una amplificación demasiado redonda puede hacer desaparecer precisamente esa información.
Por el contrario, un exceso de frecuencias agudas puede convertir el ataque natural de la cuerda en un sonido duro y fatigante.
Encontrar ese punto intermedio resulta fundamental.
En la experiencia de escenario de Vasco Hernández, después de muchos años trabajando con diferentes sistemas y en espacios muy distintos, una de las cuestiones más importantes ha sido precisamente conservar esa sensación de proximidad: que el público perciba la fuerza del ataque y la claridad de los bordones sin que la guitarra pierda profundidad.
No se trata de imponer un sonido al instrumento, sino de encontrar la manera de que el sistema permita escucharlo.
Ecualizar no significa transformar
La ecualización debería utilizarse principalmente para resolver problemas.
Una frecuencia que se acumula en la sala, una resonancia de la propia guitarra, unos graves excesivos o una determinada zona que favorece la realimentación pueden necesitar corrección.
Pero cuanto más radical es la ecualización, mayor es el riesgo de comenzar a construir un instrumento diferente.
Por esa razón, una buena prueba de sonido no consiste únicamente en comprobar que existe suficiente volumen.
Conviene escuchar diferentes registros, tocar suavemente y con fuerza, probar bordones y primas, rasgueos, golpes y pasajes rápidos.
Una guitarra que parece perfectamente equilibrada durante unas pocas notas puede comportarse de manera muy distinta cuando aparece toda la dinámica del toque.
El monitor cambia la forma de tocar
Hay además un elemento que el público apenas percibe directamente pero que puede modificar profundamente una interpretación: lo que escucha el propio guitarrista sobre el escenario.
Si el músico no se oye correctamente, comienza inevitablemente a compensar.
Puede tocar con más fuerza de la necesaria, modificar inconscientemente el ataque o perder parte de su rango dinámico.
Una monitorización clara permite justamente lo contrario: tocar con naturalidad.
Y cuando el intérprete puede tocar con naturalidad, también resulta mucho más sencillo conseguir un buen sonido para el público.
Cada escenario vuelve a empezar
No existe una configuración completamente universal.
La acústica de la sala, la presencia de batería o percusión, el volumen de otros instrumentos, la posición de los monitores e incluso la cantidad de público pueden modificar el comportamiento del sistema.
Por eso amplificar una guitarra flamenca es, en buena medida, un ejercicio de escucha.
La tecnología es imprescindible, pero el criterio continúa siendo acústico.
Cuando todo funciona correctamente, el espectador no debería estar pensando en el micrófono, la ecualización o el sistema utilizado.
Simplemente debería reconocer una guitarra flamenca.
Con su madera, su ataque, su respiración y todos los pequeños matices que hacen que seis cuerdas puedan ocupar un escenario entero.
