Cómo elegir una guitarra flamenca de concierto

El sonido, la pulsación, las maderas y la relación con el constructor

Elegir una guitarra flamenca de concierto no consiste únicamente en encontrar un instrumento que suene bien. Una guitarra puede poseer una voz hermosa y, sin embargo, no responder a las necesidades concretas del guitarrista que la tiene entre sus manos.

Con el paso del tiempo he aprendido que no busco solamente volumen, belleza o facilidad. Busco una guitarra capaz de seguirme, de responder a mis manos y de acompañar mi forma de entender la música. Un instrumento con personalidad propia, pero también con la sensibilidad necesaria para recoger todos los matices que intento expresar.

Una guitarra de concierto debe tener voz, equilibrio y proyección, pero también algo más difícil de explicar: debe provocar el deseo de tocarla.

La primera impresión no lo es todo

Cuando probamos una guitarra por primera vez, resulta fácil dejarse impresionar por un sonido brillante, unos graves muy grandes o una respuesta aparentemente espectacular. Sin embargo, elegir un instrumento destinado al concierto exige escuchar más allá de esa primera impresión.

Yo presto atención a cómo nace cada nota, cuánto tarda la guitarra en responder y de qué manera mantiene el sonido. Me interesa comprobar si los graves poseen profundidad sin invadir el resto, si los agudos conservan cuerpo y si todas las cuerdas forman parte de una misma voz.

El equilibrio es fundamental. No quiero que una zona del instrumento deslumbre mientras otra permanece oculta. Necesito sentir que puedo moverme por todo el diapasón sin que la guitarra cambie repentinamente de carácter.

También es importante escucharla a cierta distancia. El sonido que recibe el guitarrista no es exactamente el mismo que llega al público. Algunas guitarras resultan muy agradables desde la posición de quien toca, pero pierden definición o presencia unos metros más allá. Una guitarra de concierto debe proyectar sin necesidad de volverse agresiva.

Detalle de la tapa y la roseta de una guitarra de concierto de Vasco Hernández
Guitarras de Vasco Hernández construidas por Ginés Marín. Todos los derechos reservados.

La pulsación: el lugar donde se encuentran la guitarra y las manos

La pulsación es uno de los aspectos más personales de un instrumento. Tiene que ver con la tensión que percibimos, la altura de las cuerdas, la resistencia que ofrece la guitarra y la velocidad con la que responde a cada movimiento.

Una acción baja puede facilitar determinados recursos técnicos, pero no sirve de mucho si el sonido pierde consistencia o aparecen cerdeos que no forman parte del carácter buscado. Una pulsación demasiado dura, por el contrario, puede ofrecer sensación de potencia y terminar convirtiéndose en un obstáculo para la naturalidad, el control o la resistencia durante un concierto.

La guitarra debe permitir fuerza, pero también delicadeza. Tiene que responder a un rasgueado enérgico y, al mismo tiempo, conservar la claridad cuando apenas se roza una cuerda. Para mí, una buena pulsación es aquella que deja de llamar la atención: la mano trabaja, el instrumento responde y entre ambos no aparece una lucha innecesaria.

Esto es especialmente importante cuando la música exige pasar de un momento íntimo a otro de gran intensidad. La guitarra debe admitir ese recorrido dinámico sin perder su identidad.

Rapidez, claridad y profundidad

Tradicionalmente, la guitarra flamenca se asocia con una respuesta rápida, un ataque definido y un sonido percusivo. Son cualidades esenciales para que el compás, los rasgueados, los picados y los remates se expresen con claridad.

Pero una guitarra de concierto puede necesitar además una paleta sonora más amplia. En mi caso, busco definición, pero también profundidad; ataque, pero sin renunciar al espacio que necesita una nota para desarrollarse. La rapidez no debería significar pobreza, del mismo modo que una gran resonancia no debería convertir la música en algo confuso.

El verdadero reto está en el equilibrio. Cada nota debe aparecer con claridad, ocupar su lugar y desaparecer cuando musicalmente le corresponde. Cuando el instrumento conserva demasiado todos los sonidos, los pasajes rápidos pueden mezclarse. Cuando los apaga demasiado pronto, puede faltar emoción, canto y continuidad.

Por eso no creo que una guitarra de concierto pueda juzgarse con una sola frase o un único acorde. Hay que tocarla por diferentes zonas, probar distintas intensidades, escuchar sus silencios y comprobar cómo responde cuando la música comienza a exigirle algo más.

Las maderas: importantes, pero no suficientes

Las maderas forman parte esencial de la identidad de una guitarra, aunque por sí solas no garantizan un gran instrumento.

En la guitarra flamenca tradicional, el abeto ha ocupado un lugar fundamental en la tapa, mientras que el ciprés se ha utilizado con frecuencia en los aros y el fondo. Esta combinación se relaciona habitualmente con una respuesta rápida, un sonido claro, brillante y percusivo: lo que solemos identificar con la guitarra flamenca blanca.

También encontramos tapas de cedro y guitarras construidas con palosanto u otras maderas más densas en aros y fondo. Estas combinaciones pueden proporcionar otros colores, mayor profundidad, amplitud armónica o una resonancia diferente. De ahí nace, entre otras variantes, la llamada guitarra flamenca negra.

Sin embargo, sería demasiado sencillo afirmar que una madera produce siempre un resultado determinado. Cada pieza es distinta. Su edad, densidad, corte y secado influyen, pero también lo hacen el grosor de la tapa, el varetaje, el peso general del instrumento y, sobre todo, la sensibilidad y el conocimiento del constructor.

Por eso mis maderas de referencia no son una fórmula cerrada. Me interesa el abeto por su capacidad para ofrecer definición y una respuesta inmediata; el ciprés, por ese carácter ligero, directo y reconociblemente flamenco; y también las posibilidades de otras maderas cuando se busca una voz más profunda o una mayor amplitud para la guitarra de concierto.

No elijo únicamente nombres de maderas. Elijo el resultado musical que el constructor consigue obtener de ellas.

Fondos de distintas guitarras de Vasco Hernández en el taller de Ginés Marín
Guitarras de Vasco Hernández construidas por Ginés Marín. Todos los derechos reservados.
Guitarras de Vasco Hernández en proceso de construcción en el taller de Ginés Marín
Guitarras de Vasco Hernández construidas por Ginés Marín. Todos los derechos reservados.

La importancia de conocer al constructor

Una guitarra artesanal contiene muchas decisiones que no se ven. Detrás de la apariencia exterior existe una arquitectura construida para transformar la vibración de seis cuerdas en una voz completa.

Por eso considero tan importante la relación entre el guitarrista y el constructor. El músico puede describir lo que siente, lo que necesita y aquello que echa de menos. El constructor debe convertir esas sensaciones —a veces expresadas con palabras imprecisas— en espesores, tensiones, proporciones, maderas y pequeños ajustes.

Mis guitarras están estrechamente ligadas al trabajo de Ginés Marín. En sus instrumentos no encuentro solamente un objeto bien construido, sino una forma de escuchar las necesidades del intérprete. Esa comunicación permite que la guitarra no nazca de una fórmula genérica, sino de una búsqueda compartida.

Un constructor que conoce las manos y la manera de tocar de un guitarrista puede comprender mejor qué significa pedir más respuesta, mayor profundidad, un agudo con más cuerpo o una pulsación que permita tocar con libertad. Esa relación necesita tiempo, confianza y escucha por ambas partes.

Una guitarra de concierto no termina de construirse el día que sale del taller. Continúa desarrollándose en las manos del músico, en las horas de estudio, en las grabaciones y en los escenarios.

Ginés Marín en su taller con guitarras construidas para Vasco Hernández
Guitarras de Vasco Hernández construidas por Ginés Marín. Todos los derechos reservados.

Hay que tocar música, no limitarse a probar sonidos

Cuando se elige una guitarra, es habitual repetir escalas, acordes fuertes, ligados o pasajes pensados para comprobar sus límites. Todo eso aporta información, pero llega un momento en que hay que dejar de examinar el instrumento y comenzar a hacer música.

Para saber si una guitarra puede acompañarme necesito tocar una obra completa o, al menos, un fragmento que conozca profundamente. Solo entonces puedo percibir si me invita a frasear, si sostiene la intención y si responde de manera natural a los cambios de carácter.

La pregunta definitiva no es solamente «¿suena bien?», sino otras mucho más personales:

¿Puedo reconocerme en su sonido?
¿Me permite expresar aquello que todavía no tiene palabras?
¿Siento que puedo crecer musicalmente junto a ella?
¿Quiero seguir tocándola cuando ya he terminado de probarla?

Elegir una compañera de camino

No creo que exista una guitarra perfecta para todos. Existe la guitarra adecuada para unas manos, una sensibilidad y un momento determinado de la vida artística.

El precio, la belleza de las maderas o el prestigio de un nombre pueden orientar, pero nunca deberían sustituir a la experiencia de tocar y escuchar. Una guitarra de concierto tiene que sostener muchas horas de estudio, responder en el escenario y conservar una voz capaz de emocionar también en la intimidad.

Para mí, elegir una guitarra flamenca significa encontrar un equilibrio entre tradición y personalidad, entre rapidez y profundidad, entre fuerza y sensibilidad. Significa reconocer el trabajo del constructor, comprender la importancia de las maderas y, finalmente, olvidar todos esos elementos para poder concentrarme en lo esencial: la música.

Cuando aparece el instrumento adecuado, uno deja de pensar en sus características y empieza a imaginar todo lo que todavía puede decir con él.

Vasco Hernández
Guitarrista y compositor